La observé mientras bajaba las escaleras. Sus pies descalzos se posaban grácilmente sobre los escalones de mármol, o quizás llevase tacones y se tratase de roble. Llevaba un elegante vestido, o quizás una camiseta vieja y rota. Su ropa mostraba una increíble gama de colores, o quizás era toda negra. El pelo era negro como el carbón, o quizás de un intenso tono rojizo, tampoco es importante, así como no lo es si llevaba las orejas llenas de perforaciones, o si no tenía ninguna, o si su piel mostraba cientos de tatuajes, o estaba impoluta, nada de eso era importante, y ni tan siquiera lo vi.
Cuando miré, la vi mas allá de toda circunstancia, lo que yo vi fueron sus ojos alegres y vivaces, vi sus sonrisa sincera y dulce. Vi como se le erizaba el pelo de la nuca, y como el frío enrojecía su nariz. Vi como se le humedecían los ojos por la congestión y le brillaban con una muestra de la luz que llevaban dentro. La vi feliz, y la vi triste, y vi algunas de esas pequeñas cosas que realmente la hacen ella.
Vi lo que era, y lo que podía ser, vi lo que ella podía aportarme, y lo que yo podía aportarle a ella.
Y una vez que vi esto, decidí dárselo todo.
Gracias por leer, y hasta que el viento os traiga de vuelta.
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