viernes, 17 de agosto de 2012

El Nombre Propio; Capítulo 4: Peso sobre los hombros

Abrió los ojos de golpe, parecía por el cielo que habían pasado un par de horas desde que amaneciese, y no tenía mucho tiempo que perder. Se levantó de la cama y escrutó con la mirada la habitación hasta que dio a parar con la ropa que había amontonado. Se la puso y comprobó como le sentaba. La chaqueta oscura era suficientemente holgada como para no interrumpir el movimiento, era resistente pero no pesaba demasiado. El pantalón, ajustado a la cadera para que no se cayese ni molestase era amplio para no frenar a las piernas, pero gozaba de una serie de cintos o cinchas para ajustarlo por si requería evitar el roce y el ruido. Las botas eran altas, algo por encima del tobillo, de cuero tratado a mano, siendo duras pero dejando un grado respetable de movilidad. La capucha que le había incluido a la chaqueta no tenía un objetivo fijo, pero podía resultar útil en algún momento.

Una vez hubo terminado de ponerse la ropa cayó en la cuenta de que había olvidado en el suelo una daga. Realmente no se trataba de una daga, pues la hoja medía mas o menos lo que su antebrazo, pero tampoco merecía ser llamada espada corta. Solo gozaba de filo por uno de los lados, y el otro, decorado con ribetes que recordaban al oleaje o al viento ocultaban una serie de aperturas pequeñas e irregulares. 
 Colocó la daga en el cinto, el cual, lleno de pequeños bolsillos y sacos llenó poco después de todas las herramientas que tenía, así como de un par de objetos que creyó que necesitaría, se colgó del cuello una cadena con un amuleto de plata, y por último tomó la espada que tenía apoyada sobre la pared.

Colocó la espada en su espalda, aprovechando unas sujeciones que había preparado para ello, y salió por la puerta.
Gozaba de cierto tiempo hasta que se diese "el cambio" (aunque tampoco estaba seguro de que sería el cambio exactamente). Esperó que no se cruzase con nadie por el camino, y fue rápidamente a una zona donde nunca había gente, buscó un punto algo elevado, dándole una visión general del pueblo. Sondeó con la mirada el pueblo, sabía que habría un punto de entrada en ese pueblo, pero no sabía cual sería.

Pasó varias horas pensando donde podría estar ese punto focal, sin una idea clara, y entonces ocurrió. Aquél Jueves a las 5 de la tarde el sol se apagó. Primero, simplemente dejó de brillar, se hizo oscuridad absoluta, pero entonces, un rayo de "luz" (si podríamos llamar a aquello luz) salió desde la tierra hasta el cielo, el rayo que vio provenía de una ciudad relativamente cercana, aquella "luz" era mas bien un cilindro de sombra pura, parecía absorber toda la luz cercana y llevarla para sí, y cuando ese rayo se desvaneció, unos minutos después, todo había cambiado. 

Las estrellas brillaban mucho, todo estaba bañado por una tenue luz plateada, que permitía ver bien... Todo menos el cementerio. Él rió, -que absurdo- pensó -y que típico, ¿como no lo he pensado antes? los puntos focales siempre están en lugares emblemáticos, así es como les gusta.- 

Sujetó la empuñadura de la espada y salió corriendo hacia el cementerio, a lo lejos oyó gritos y súplicas, parecía que la gente ya había comenzado a cambiar, no había nada que hacer por ellos, lo mejor que podía hacer era cerrar ese punto, así que apretó la marcha y corrió tan rápido como pudo.

Gracias por leer y hasta que el viento os traiga de vuelta.

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