Terminó de ajustar algunas piezas y se limpió la grasa de las manos en el mono de trabajo, el sudor le corría por el rostro y le adhería el pelo al mismo, pero al fin había acabado. Miró por la ventana al exterior a tiempo de ver como el sol se acostaba. Había terminado muy justo de tiempo, quizás demasiado, pero al menos había terminado.
Observó su obra, aún abierta y por desgracia sin probar era una imagen magnífica, se trataba de una gran espada digna de los mas dignos héroes de cuentos, salvo por la apertura en la hoja junto a la guarda que revelaba un conjunto de mecanismos de cierta complejidad. Sabía lo que tenían que hacer, y sabía como, lo que no sabía es como había llegado ese conocimiento a él, junto con todo el resto, pero aquello tampoco importaba realmente, ¿no es así?
Colocó la placa que cerraba la apertura, la cerró y ajustó y luego colocó la pieza en la parte roma de la espada mas cercana a la guarda que ocultaría todo rastro de una apertura, la espada era perfecta. La dejó apoyada en la pared, sobre unas telas blancas y se dirigió al baño a lavarse la cara. En el espejo vio un rostro agotado y sucio, con dos ojos azules, el izquierdo atravesado por una cicatriz de arriba a abajo y de un color mas grisáceo. Se apartó el pelo negro de la cara para poder lavarla un poco antes de decidir que lo mejor sería darse una ducha, un lujo que no repetiría en mucho tiempo. El agua ardía mientras recorría su cuerpo, desde la coronilla hasta los pies, descendiendo por su espalda y sus piernas. El calor del agua, de alguna forma aliviaba los nervios por la situación que se avecinaba, sabía lo que tenía que hacer, pero temía no ser capaz de lograrlo, y era mucho lo que se jugaba. Hacía algún tiempo que se había estado preparando para ello, pero últimamente había habido ciertos imprevistos que esperaba ser capaz de afrontar.
Salió de la ducha, y atándose una toalla a la cintura se dejó caer sobre un sofá, se echó el pelo hacia atrás y se quedó observando la habitación. Prácticamente vacía, con la espada en una esquina, junto con las herramientas que había utilizado, en la esquina contraria dos pesadas botas y un montón de ropa oscura doblada.
¿A eso quedaría reducida su vida? ¿A esa espada y esa ropa? ¿Al cansancio y a la noche que ahora veía fuera? No lo sabía, pero tampoco tenía otra opción, no otra que él quisiese aceptar. Sonrió, mañana sería un día duro, mañana todo comenzaría. Entonces le entró una duda, ¿Que día sería mañana? Hacía tiempo que ya no pensaba en los calendarios normales, pero tenía alguno por casa, fue a buscarlo y lo encontró, echó un vistazo rápido y guiándose por las fases lunares se localizó. Jueves, mañana sería Jueves.
Gracias por leer y hasta que el viento os traiga de vuelta.
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