La lluvia y el viento azotan los árboles, que resisten impasibles, no así lo hacen sus ramas, que se agitan violentamente de forma errática. La rama de un roble repiquetea contra el cristal de la ventana, dentro, aún a pesar del fuego de la chimenea, el frío inunda la estancia, cuya única presencia es la silueta de una figura que la luz recorta en el umbral de una puerta abierta por donde entra la lluvia torrencial, y que impide que el calor se acumule. De algún modo, y a pesar de el ajetreo de mas allá de esas paredes de piedra que por la puerta entra, la presencia de esa figura hace que en la habitación reine la calma. La figura decide entrar, cerrando la puerta tras de sí, y se deja caer en una butaca cercana, poniéndole al escrutinio del fuego que arde en la chimenea. Tras el pelo mojado, unos ojos llorosos observan el temblor nervioso de sus manos, y su mente lucha por calmar su respiración acelerada.
Su mirada perdida revela que en realidad no está viendo lo que tiene delante. Sus pensamientos vuelan, ligeros y veloces, con un nerviosismo que la quietud de su cuerpo no refleja. Sus labios se entreabren al tiempo que una voz tenue, a punto de quebrar entona unos lamentos.
-No podía saberlo, solo intenté hacerlo lo mejor posible, solo actué lo mejor que supe...-
Su voz quiebra en llanto, y el torrente de emociones de su interior aprovecha para escapar. Aún a pesar de que el calor ya ha tomado la sala, el frío atenaza su corazón, y como un ruido sordo, el dolor y el miedo golpean sus oídos. Siente un vacío en el estómago, y una soledad en su alma que nada tiene que ver con la ausencia de otra persona en el lugar, así como con la certeza de la ausencia futura de una única persona. Y allí, quieto y solo, sintiendo un frío que proviene de su interior, emplea sus siguientes horas, huyendo de la realidad, buscando la fuerza para enfrentarla.
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