lunes, 18 de junio de 2012

El Nombre Propio; Capítulo 3: Música en mis oídos

Bajé las escaleras del edificio, seguramente mas alegre de lo que convendría, y desde luego haciendo mas ruido del que debía, pues llamé la atención de un inercial que posiblemente pasara cerca y lo atraje hasta la puerta, donde lo encontré. La clara y escasa luz del exterior recortaba su silueta en la puerta, dejando ver solo una figura medio encorvada y quieta. Me detuve, justo al final de las escaleras, apreté la mano en la que portaba aquella lanza improvisada, me coloqué en posición estable y tensé los músculos, esperando a que aquel inercial se moviese. No podría decir cuanto tiempo pasó, pero me pareció ridículamente largo, y acabé por avanzar.Al acercarme, alcancé a distinguir como aquella figura posaba su vista en mi. No parecía nervioso, ni angustiado por mi presencia, ni inquieto en modo alguno, parecía que la aguardase en aquel lugar. Por un momento pensé que quizás me viese como uno de su grupo, o quizás fuese una de las pocas personas que quedaran cuerdas. Ni lo uno ni lo otro, casi a la mitad de la distancia entre la puerta y las escaleras, justo en el instante en que posé mi pie en el suelo noté como si quebrase algún tipo de película, como si pisase un cristal y de pronto la actitud de la figura cambió radicalmente. Alzó la cara a los cielos, levantó las manos a los lados de su cuerpo, dejándolas a la altura de los hombros encogiendo los mismos, en una posición tensa a un paso entre una súplica y una amenaza, y entonces gritó. Gritó, o hizo algo similar, pero lo que salió de su garganta podría haber encogido el corazón del alma mas valiente, aquel desesperante sonido paro tras un par de segundos, y entonces aquella figura arremetió contra mí. Mientras se acercaba intenté cubrirme, no lo suficiente, ni lo suficientemente rápido, pues cuando chocó nos lanzó por los aires, forcejeé mientras me golpeaba y mordía,  mientras arañaba y pateaba intenté zafarme. Rodamos por el suelo para acabar chocando contra algo sólido, posiblemente una columna, golpe que por desgracia impactó en mi espalda. Me estremecí, mientras el se apartaba y volvía a lanzarse contra mí. Esta vez lo esperaba, extendí mi brazo izquierdo, golpeando con mi puño en medio de su rostro, él se desvió y apartó, para volver a atacarme, tenía la nariz rota pero no sangraba. Volvió a cargar, siempre del mismo modo: saltaba, me golpeaba y se apartaba para repetir  el proceso. Unas veces le golpeé, y otras tantas lo aparté, pero seguí recibiendo muchos golpes. Me dolía todo el cuerpo, tenía el brazo izquierdo entumecido y el derecho... el derecho aún portaba la lanza, no la había usado, no tenía espacio para manejarla bien, y tampoco tenía muchas fuerzas, pero podía usarla de otro modo. Me aproveché de ella para ponerme en pie entre un ataque y el siguiente y tas desviar su carga coloqué el extremo plano contra la columna, y la punta hacia el suelo, de modo que trazaba un ángulo de 45 grados. Esperé su siguiente ataque y la levanté.

Apenas la alcé, el cuerpo que contra mí arremetía se encontró con ella. Atravesó su pecho, saliendo por su espalda. No habría tenido fuerzas para mantener la lanza alzada contra la carga yo solo, pero la columna de mi espalda hizo la mayor parte del trabajo. El cuerpo atravesado estaba ante mi, sin vida, y aunque debería sentirme abatido por lo que hice, en su lugar una satisfacción y un sabor de dulce victoria me inundó. Había vencido, es cierto que acabé malparado, pero en ese momento solo importó que había vencido. La felicidad volvió a ser lo único en mi mente, y una suave música comenzó a sonar débil en mis oídos, apenas un zumbido lejano, pero ahí estaba.

Gracias por leer y hasta que el viento os traiga de vuelta.

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