jueves, 20 de febrero de 2014

Tropezón

Me caigo de nuevo. No importa, pues tiempo antes de tocar el suelo siento tu fuerza sostenerme. No es un golpe seco, no son cordeles tirando de mi ni una mano agarrando mi ropa, son tus brazos sosteniendo mi cuerpo y frenando mi caída. Me pones en pie, me abrazas y equilibras, siento tu calor rodeando mi cuerpo protegiéndome del frío. Noto como me besas la frente y me sacudes el polvo de encima. Oigo como me dedicas palabras de dulzura, y  me dices que tenga cuidado y evite volver a caer. Te escucho con atención, pero sé que volveré a caer. No es algo que me preocupe, no ahora, pues sé que estarás ahí cuando lo haga, que volverás a frenar mi descenso y a salvarme del golpe, sé que me pondrás en pie y me dejarás listo para volver a enfrentarme al mundo. Siempre lo haces.

Te dejé entrar entreabriendo la puerta, como quien acepta una visita a regañadientes y ni se digna a recoger el salón. Te ofrecí sentarte y tu lo llenaste todo de luz, te invité a comer y trajiste calor al frío, te pedí que te quedases y limpiaste el aire. Antes de darme cuenta habías convertido en hogar una casa, y antes de darme cuenta no quería que salieses jamás. Adoraba tus visitas, sin darme cuenta me fui acomodando a tu presencia, cada vez más agradable. Entraste sin decir nada, como no queriendo molestar y sin saber cuanto tiempo te iba a permitir quedarte, y poco a poco demostraste tu valía.

Nunca te agradeceré suficiente que trajeses aire luz y calor al destartalado hogar que era mi alma. Jamás, por mucho que haga, podré compensar que me despertases del letargo en el que me había sumido. Y por mucho que lo intente no llegaré a tu altura, tu, que me lo diste todo sin pedir nada. Esto apenas son palabras, quizás porque mis gestos no bastan, y hay cosas que no deseo olvidar.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Letras y canciones

Se recostó en el cojín y dejó que la música le invadiera y le llevase lejos. Danzó entre letras llenas de luz y armonía evadiéndose del mundo hasta el punto de no darse cuenta de que los pasos de ella se acercaban. No importó, pues ella se supo dar a conocer besando suavemente los labios de él. Se quitó los cascos y observó aquel par de ojos que sin hablar decían tanto.  Ella aprovechó la ocasión para tomar los cascos y comprobar que había estado escuchando, al tiempo que se sentaba sobre sus piernas. Sonrió al reconocer la melodía y volvió a besarle. Él la atrajo hacia sí para abrazarla, pero ella se escurrió de entre sus brazos.
-Si quieres cenar hoy vamos a tener que prepararla en algún momento.-
-¡Yo iba a cenar ahora mismo antes de que te escaqueases!- Respondió él. Ella le dirigió una mirada letal, pero acto seguido se rió. 
Se pusieron en pie y se dirigieron a la cocina, y tras apañar una ensalada y proceder a comérsela volvieron al salón.
-Bueno, resuelto lo de la cena, ¿seguimos por donde íbamos?- Preguntó ella.
-No lo sé... Lo cierto es que yo ya estoy saciado con la ensalada, no tengo muchas ganas...- 
Ella se sentó sobre él, se acercó a su oído y deslizó una mano bajo su camiseta.
-Retiro lo dicho, me parece que aún tengo algo de hambre.- 
No creo que sea necesario relatar lo que a continuación sucedió, únicamente diré que hubo caricias y besos, gritos y susurros, y que ambos encontraron en el otro más calor del que pudiese dar ninguna llama y más cariño del que la mayoría jamás conocerán.
Es hora de retirarse, pues ahora tanto él como ella disfrutan de la paz y la calma que se aportan mutuamente, y esos son momentos en los que nadie debe intervenir.

Gracias por leer y hasta que el viento os traiga de vuelta.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Nuevos cantos

Por primera vez en mucho tiempo miro en mi interior y me encuentro en paz. Por primera vez desde hace demasiado tiempo me encuentro a gusto, seguro, feliz. Quizá parezca una tontería, seguramente lo sea, pero es algo maravilloso para mi. Siguen por ahí ocultos viejos miedo y temores, aún se huele el azufre de viejos demonios, pero son silenciados  y quedan cegados por el suave sonido armónico y la luz que ahora siento. 
Para mi resulta prácticamente algo nuevo. Siento fuerza para enfrentarme a mis males, siento tu presencia en mi sombra, custodiando mi espalda, siento tus manos sobre mis doloridos músculos y tus labios en mis heridas. Y lo adoro. Y me sé capaz de vencer solo mis males, sé que por mi propio pie puedo alzarme entre las penas, antes o después, pero gracias a ti siento renovadas fuerzas y creo posible el apenas flaquear.
Me avergüenzo de la torpeza de éstas líneas, lo cierto es que se me da mejor escribir acerca de tristeza, supongo que tengo mayor control sobre adjetivos oscuros y lúgubres, pero quería que quedase registro de la seguridad que ahora tenga, para cuando quizás vuelva a flaquear. Para cuando tenga miedo y no encuentre la fuerza para alzarme, entonces recordaré que un día me sentí inderrumbable, que hoy creí que podría con el mundo, y que en este momento no existió duda alguna de que siempre estarías a mi lado.
Y no puedo más que agradecerte todo esto, y no puedo hacerlo lo suficiente, y cuando mi rostro dirija al suelo y la pena hunda mis hombros, tráeme de vuelta aquí, hazme recordar lo que prometí, pues hoy y aquí prometo luchar frente a la pena, por perdida que esté la batalla. Por mi. Porque todo hombre es merecedor de ser feliz. Porque la felicidad parte de uno mismo. Porque la tristeza es una enfermedad contagiosa que a nadie deseo. Recuérdame esto cuando lo necesite, pues sin duda lo haré. Hoy no, espero que no mañana, pero toda fuerza flaquea, tan solo se trata de volver a ponerse en pie.

Gracias por leer y hasta que el viento os traiga e vuelta.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Otro de tantos

Como otras mil veces sucede, no sé como comenzar, y es tan habitual que no me sorprende, pues en infinitas ocasiones se me torna la parte más difícil, así que simplemente lo haré de cualquier modo, con la esperanza de que vaya tomando forma a medida que escribo.
He acabado llegando a la conclusión de que estos textos no son otra cosa que llamadas de auxilio, gritos ahogados que esperan ser oídos, mensajes en una botella que acaban por llegar a buen puerto, con la sutil diferencia de que no sé a quien pretendo que lleguen estos mensajes... ni tan solo si quiero que lo hagan. Simplemente grito desesperadamente en pos de encontrar el camino, de hallar el rumbo de vuelta a casa. Lo cierto es que funciona, antes o después acabo por encontrar como llegar de nuevo a buen puerto, quizás demasiado tarde, quizás demasiado a menudo.  Pero eso no es lo que me preocupa ahora, lo que ahora me preocupa es seguir con señal de socorro y el motivo de la misma.
Estoy triste. Así de simple, así de llano, así de ilógico. Lo estúpido de estas cosas es que no se pueden combatir racionalmente, simplemente son así, sin mas, y las sientes irremediablemente. El cambio tiene que venir de dentro, el sentimiento desaparece cuando eres capaz de mirar por encima de él, pero no puedo, no ahora, no hoy. Hoy simplemente estoy triste. Mañana me levantaré sonriente, o no, quizás siga triste, pero tendré el ánimo para cambiarlo, o no, quizás siga igual que hoy, y simplemente esté triste.
Lo cierto es que no me importa. Lo cierto es que simplemente puedo sentirme decepcionado por mis palabras, por escribir lo que estoy escribiendo, me avergüenzo de decir que no soy capaz de algo así, pues sé que lo soy, y soy yo mismo el que predica con salir de las sombras lo antes posible, soy el que pide esfuerzos para que otros lo hagan, pero no ahora, no hoy.
Hoy simplemente vengo aquí a lamentarme, a bañarme en mi propia tristeza, ¿tampoco sucede nada, no? Quiero decir, no se puede ser feliz todos los días, si no hubiese días malos los buenos no tendrían sentido.
Supongo que esto último no son más que excusas. Sé que este texto no será más que motivo de vergüenza en el futuro, pero como me he hartado de repetir, hoy no me importa. Hoy solo quiero escuchar música y morirme de soledad rodeado de gente.

Mis disculpas por este terrible texto, y hasta que el viento os traiga de vuelta.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Silencio

Solo podía oír el sonido de su propia respiración, la misma que siempre había estado ahí, y entonces fue consciente de que volvía a ser como siempre, de que nunca había dejado de serlo. Se dio cuenta de que mientras el mundo cambiaba a su alrededor él no lo hacía, seguía siendo estúpido, seguía teniendo estúpidos temores, seguía teniendo estúpidas inseguridades. Nada había cambiado, y seguía detestándose a si mismo, seguía odiando con todas sus fuerzas todo cuanto le hacía ser él, se odiaba por odiarse, y se odiaba por ello. Odiaba su lastimera forma de pensar, odiaba sus quejas, odiaba sus miedos, odiaba su derrotismo, odiaba sus debilidades y odiaba no ser capaz de cambiar. Y todo eso le hacía odiarse.
Ahí seguía, solo con su respiración, la que le recordaba que estaba vivo, la que le mantenía inmutable. No derramó una lágrima, no era merecedero de que nadie llorase por él, ni tan siquiera él mismo. Se arropó, buscando un calor que no encontraría, huyendo de un frío que venía de la profundidad de su ser, de la tristeza en la que buceaba, sumergiéndose cada vez más.
Sabía que solo él podía salvarse, tenía que escapar de las tinieblas por su propio pie, pero en su lugar dejaba que la lástima y las sombras lamiesen sus heridas, recreándose en la dulzura de la autocompasión. 
Sabía que antes o después tendría que salir, y que su estancia allí dentro le pasaría factura, pero eso sería otro día. Ya se preocuparía de ello cuando le tocase, de momento se acomodó y sintió el tiempo pasar.

Gracias por leer y hasta que el viento os traiga de vuelta.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Impaciencia

Largas las horas, deslizándose pared abajo, se sumen lentamente en las sombras, ajenas al caos que reina en mi mente. Miro el reloj, el tiempo decide no avanzar, como jactándose del ansia de mi espera, conocedor de que aún resta lo que a mi me resulta una eternidad. Respiro profundamente, intentando apartar el tema de la cabeza, navego entre diversas ideas por lo que se me asemejan como días, leo algo, escucho música y vuelvo a mirar la hora, deseoso de haber logrado un avance sustancial. Quince minutos. Han pasado quince endemoniados minutos -Trece y medio- tiene a bien notificarme una vocecilla en mi interior. No sé como voy a lograrlo, la espera es insoportable, y cada vez más.

Inspirando profundamente intento acudir a la lógica para salir de esta agobiante sensación. Bien, quedan casi dos días enteros, así que impacientarte ahora es como hacerlo por ponerte chancas en medio del invierno (lo sé, no soy muy bueno con los símiles cuando estoy ansioso). Pienso que ella estará igual, que el tiempo me resultará más lento cuanto más ansiadamente lo espere, que me quedan muchas cosas que hacer, que todo llega a su momento, que lo bueno se hace esperar... Básicamente barajo toda idea que se me asemeje capaz de relajarme, con mayor o menor resultado. Entonces me descubro a mi mismo nervioso, como un niño pequeño la noche antes de Reyes que desea abrir sus regalos, y no puedo evitar soltar una carcajada. -Bueno, yo también estoy ansioso por abrir mi regalo, supongo- me digo, y una calidez brota en mi pecho, reflejándose como sonrisa en mi rostro. Comienzo a reflexionar en todo cuanto tengo, en todo cuanto ella me ha dado, me divierto recordando lo que hace años sostenía de que "el amor no era para mi", cuando realmente pensaba que jamás tendría una buena relación (o una relación siquiera) con el sexo opuesto. Se me eriza el vello cuando recuerdo como empezó todo, y casi me pongo a temblar pensando en el primer beso que le dí.
Extrañamente el nerviosismo desaparece. De algún modo soy consciente de lo rápido que pasa el tiempo, que casi ha pasado un año y pareciese que fuera ayer, y que por imposible y eterna parezca la espera, todo llega. Sonrío satisfecho -Solo dos días- susurro, aunque tras mirar la hora me sorprendo descubriendo que será poco más de uno.
Me dirijo a la cama, dirigiéndole un último pensamiento que espero me acompañe toda la noche, pues sé que volverá al despertar. 

Gracias por leer y hasta que el viento os traiga de vuelta.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Luz guía.

Me rodea la inmensa oscuridad, giro, busco alguna fuente de luz, alguna forma de guiarme, rezo por encontrarla. Las sombras se tragan mis súplicas vomitando desesperación. El aire es frío, solo hay silencio y soledad, demasiado silencio, demasiada paz, la suficiente como para obligarme a pensar. Y allí, en la más profunda oscuridad, mis pensamientos se tornan en la puerta de salida para mis demonios.
Su compañía no es mejor que la soledad, pero al menos son un viejo mal conocido. Disfrutan de su tiempo jactándose de mi, recordándome malos momentos, errores y la localización de heridas que no acabaron de sanar. Me apuñalan con memorias que había preferido olvidar, caigo de rodillas apoyando mis manos en el suelo, respiro nerviosamente, el miedo me aprieta el estómago y atenaza mi garganta, dándome ganas de vomitar, y a su vez impidiéndome hacerlo. 
Noto como un líquido cálido gotea sobre mis manos, no estoy seguro de si son lágrimas o sangre de las heridas que mis preciados amigos están logrando abrirme, pero lo cierto es que tampoco quiero saberlo.
Estoy a punto de dejar que todo me supere, de tumbarme en el suelo y dejar que todo pase, que sigan los días hasta que el mundo vuelva a tener sentido, o deje de tenerlo para siempre, pero entonces veo algo. 
Es una luz, lejana pero clara, pálida pero radiante. El solo verla dota de calor a mi maltrecho cuerpo, y devuelve la vida a mi abandonada alma. Hago a un lado la desesperación y me pongo en pie. Los demonios siguen bailando a mi alrededor, atormentándome. Cada paso supone un esfuerzo titánico, una parte de mi desea abandonarse, cree que no merece la pena, que en realidad nada merece la pena, que lo mas correcto sería aceptarlo y reducir el sufrimiento, pero la otra parte conoce la paz de esa luz.
El avance es lento, pero cada paso cuesta menos que el anterior. El agotamiento se ve superado por la vida que la luz me transmite, ese faro de esperanza me da la fuerza para avanzar. La oscuridad absoluta comienza a iluminarse mientras me acerco, pronto pasa a ser gris el color que me rodea, cada vez más claro. Entonces tropiezo. La dureza del suelo me recuerda que es el dolor, y mis maltrechos músculos me recuerdan cuanto pesa mi cuerpo al intentar levantarme. ¿Así acaba? ¿Tras tanto avance? ¿Después de haber encontrado la luz? No creo, no lo permitiré.
Comienzo a ponerme en pie. Mis músculos aúllan de dolor, miles de cuchillas se clavan en ellos, y noto como mis demonios intentan que vuelva a caer, pero también veo que son más débiles. Consigo ponerme sobre ambos pies y enderezar mi cuerpo, forzando a mis demonios a volver a la prisión de donde salieron.
Alcanzo la luz, y su calidez me baña. Acaricia con sus manos mi deteriorado rostro, y besa mis heridas para aliviar el dolor. Siento como brotan lágrimas de felicidad de mis ojos, siento como al caer al suelo parecen estar en sintonía con el mundo. Siento como caen sobre mi pecho lágrimas de angustia que la luz deja caer. Noto su preocupación a través de mi piel. Supongo que temía por mi, e imagino que también debió pasarlo mal mientras yo estaba perdido, como hizo lo posible por ser mi guía, y la impotencia que sintió cuando no lo lograba.
Me siento estúpido, tan ridículo que casi me avergüenzo de estar frente a ella. ¿Como pude pensar en rendirme?
Entreabro la boca y la aproximo a ella, siento como me llena su luz. Siento como sana las heridas restantes, como limpia la oscuridad que pudiese quedar. 
Me detengo para disfrutar de la felicidad que me otorga. Me regocijo en la misma. 
Sé que acabaré por caer de nuevo, que volveré a perderme, que mis demonios escaparán y volverán a torturarme. Pero también sé que ella estará allí en ese momento.