Salgo del baño, con una toalla en la cintura y secándome el pelo con otra. Afuera aún reina la oscuridad y una leve llovizna golpea las ventanas. Entro en la cocina, modesta pero acogedora, y me dirijo directamente a la cafetera. El filtro, el agua, el café molido... ¿dónde está el café molido? Caigo en la cuenta y una disimulada sonrisa se dibuja en mi rostro. Echo a andar hasta la habitación y, al verla tumbada en la cama, aún dormida, la sonrisa deja de ser disimulada.
Me reclino y la beso suavemente. Ella, sin abrir los ojos busca mis labios con los suyos, y después se queja.
-Mnph ¿Qué quieres?-
-¿Te acuerdas de dónde dejaste ayer el café?-
-No lo sé, no me acuerdo.- Se niega a abrir los ojo y se gira, dándome la espalda.
En ese momento su pelo parece una mancha de tinta negra sobre la almohada, y la línea de su cuello me parece lo más bonito que he visto nunca.
-Atenea, tengo que irme a trabajar...-
-No te vayas, quédate aquí conmigo.-
-...y tú tienes que ir a clase.-
-Dah, las clases de hoy son un coñazo, el profesor es imbécil... Además, qué diligente eres siempre con eso de ir a trabajar, ¿has ligado con alguna compañera?- Pregunta con voz juguetona.
Me río.
-Para nada. Sabes perfectamente que eres la única con tan mal gusto.- Digo bromeando. En cuanto oyes eso te enderezas, sentándote en la cama al tiempo que me miras fijamente a los ojos. Pones tu mano en mi nuca, la subes enredándola en mi pelo, me traes hacia ti y me besas. Al separarnos te aproximas a mi oído.
-No te permito que digas esas tonterías.- Me susurras.
Te echas hacia atrás, tirando de mí, haciéndome caer sobre la cama.
-Hoy vas a llegar tarde al trabajo.- No es una pregunta, es una afirmación, me estás informando de tu decisión. Te doy un largo beso.
-Está bien, me deben un montón de días libres.- Sonrío, sonríes.
Gracias por leer y hasta que el viento os traiga de vuelta.