jueves, 11 de junio de 2015

Estásis

Los rayos desgarraban el cielo al tiempo que la lluvia lamía los harapos a los que llamaba piel. Se retorció en el suelo, dándose cuenta de cómo el charco de sangre se disolvía entre gotas y lágrimas. Sintió el crujir de sus huesos cuando trató de ponerse en pie, logrando poco más que el dolor al que ya estaba acostumbrado. Agradeció que lloviese, y se le humedeciesen los labios destrozados tras innumerables días de sol y calor.
Notó cómo el agua llenaba las cuencas de sus ojos, burlándose del deterioro de su cuerpo. Y por primera vez desde hace mucho tiempo, sintió cómo el frío provenía desde el exterior y no el interior de su pecho, donde guardaba aquella negra y apaleada masa de carne inerte a la que se permitía llamar corazón.
Pero el mayor dolor que soportaba no provenía de su maltrecho cuerpo, si no de su enferma y lastimosa mente, que le había azotado una y otra vez con el pesar y la culpa, empujándolo al abismo de terror y desesperación en el que se encontraba. Ya no recordaba a qué le tenía miedo, no sabía de qué era culpable, ni de dónde provenía la tristeza que lo asolaba. No recordaba ningún estado anterior, si bien sabía que lo había habido. Tampoco recordaba su rostro, o el color de sus ojos, allá cuando los tuviera.

Alguna vez lograba recordar una imagen o idea aislada, lo que resultaba en poco más que una aguda punzada en lo profundo de su pecho.
Hacía mucho que no oía a nadie. Sabía que era capaz de oír, pues percibía el sonido de la lluvia en las raras ocasiones que ésta sucedía, pero no recordaba haber oído otra cosa alguna vez. Siendo incapaz de articular él mismo palabra alguna, y ante la ausencia de una fuente alternativa de tal recurso, había olvidad el sonido de una voz, pero era consciente debido a los recuerdos que ocasionalmente lo asaltaban de que en otro tiempo dos palabras podían hacerlo feliz.
Era consciente de que no era mudo, y de que era capaz de ponerse en pie, pero no lograba reunir la voluntad o motivación para hacerlo.
Cuando aún le importaba, había contado el salir y ponerse del sol decenas de miles de veces, y sabía que había pasado tal periodo más de cien veces, pero ya no sabía cuanto más. A él le parecía la eternidad.

Algo le sobresaltó, algo había golpeado el suelo y no había sido él mismo. Ahí estaba de nuevo, un golpe amortiguado de algo plano... ¿pasos?¿estaba oyendo pasos?
No podía ser, nunca había pasado nadie por allí, y nunca lo haría, su mente estaba engañándolo. Pero ahí estaba de nuevo, otro paso, aún a pesar de que sabía que no era posible. Su mente había encontrado una nueva forma de divertirse torturándolo. Los pasos seguían, lentos y pausados, con suficiente tiempo entre uno y otro como para que siempre estuviese seguro de que eran imaginarios antes de oír el siguiente.

Comenzó a rezar, a suplicarse a sí mismo que se detuviese tal tortura, deseando una muerte que nunca le alcanzaba.

Gracias por leer, y hasta que el viento os traiga de vuelta.