Inspiró hondo, a la par que sentía la hierba fresca y la tierra húmeda bajo sus pies. Bajo un sol enorme disfrutó de todas y cada una de las gotas que golpeaban su cuerpo, de cada ráfaga de viento que hacía ondear su cabello, del contraste del frío de las gotas y el calor del sol.
Se giró sobre si mismo, observando el paisaje mientras sonreía con ingenuidad. No le importó si eran las nubes de lluvia lo que cubría sus ojos, o era la luz de aquel gigantesco sol. No le importó que parte era real y cual imaginaba, no sabía si su cuerpo acabaría por helarse, o acabaría abrasado, simplemente disfrutó de mezclar las dos, de sumergirse en la locura, pasar capa tras capa, atravesándolas todas en orden y a la vez, dejó reinar al caos.
Y entre todo ese caos, en el que nada tenía sentido, donde cosas tan banales como tamaño distancia, color y forma eran completamente relativas. Y en ese instante en el que todo lo que en otros momento parecía trascendental mostraba su verdadera forma, entre todo el desorden fue perfectamente capaz de discernir lo que verdaderamente era importante. Y la reconoció a ella, sin forma ni dimensión, únicamente todo lo demás, todo cuanto ella había pasado a ser dentro de él, aquel gigantesco orbe de luz flotando en medio de nada, que transmitía calor y paz, que hacía agradable el caos, aquella llama que todo alcanzaba, pues nada estaba fuera del alcance de su abrazo.
Al abrir los ojos todo había desaparecido. No estaba la lluvia, ni el sol, no había tierra ni hierva bajo sus pies. "Todo" se había olvidado de algo que llevarse, y él agradeció que así fuese, pues ante él, en mitad de la noche se encontraba la fuente de luz calor y calma que había observado momentos antes. La forma era distinta, así como la dimensión y el color, pero bien sabía que nada de eso importaba, lo que primaba era todo el resto.
Gracias por leer y hasta que el viento os traiga de vuelta.
viernes, 15 de agosto de 2014
viernes, 28 de febrero de 2014
Abatido pero vivo
Se quitó de encima los restos herrumbrosos y quebrados de armadura, antes de intentar ponerse en pie. Le dolía todo el cuerpo y no dejaba de sangrar por las innumerables heridas que le cubrían. Estaba destrozado, apenas podía respirar, estaba casi muerto... casi. Seguía con vida, y eso era lo más importante. No importa el tamaño de las heridas, no importa la victoria, o la derrota, no importa lo terrible del enemigo que se presente ante sí, mientras la vida continúe, mientras la sangre recorra sus venas siempre podrá erguirse, siempre podrá fortalecerse y seguir combatiendo. No existe carga demasiado pesada, solo hombros demasiado débiles, así que un día más alzará su espada, un día más caminará impasible, un día más luchará por su sueño, por lograrlo y protegerlo.
jueves, 20 de febrero de 2014
Tropezón
Me caigo de nuevo. No importa, pues tiempo antes de tocar el suelo siento tu fuerza sostenerme. No es un golpe seco, no son cordeles tirando de mi ni una mano agarrando mi ropa, son tus brazos sosteniendo mi cuerpo y frenando mi caída. Me pones en pie, me abrazas y equilibras, siento tu calor rodeando mi cuerpo protegiéndome del frío. Noto como me besas la frente y me sacudes el polvo de encima. Oigo como me dedicas palabras de dulzura, y me dices que tenga cuidado y evite volver a caer. Te escucho con atención, pero sé que volveré a caer. No es algo que me preocupe, no ahora, pues sé que estarás ahí cuando lo haga, que volverás a frenar mi descenso y a salvarme del golpe, sé que me pondrás en pie y me dejarás listo para volver a enfrentarme al mundo. Siempre lo haces.
Te dejé entrar entreabriendo la puerta, como quien acepta una visita a regañadientes y ni se digna a recoger el salón. Te ofrecí sentarte y tu lo llenaste todo de luz, te invité a comer y trajiste calor al frío, te pedí que te quedases y limpiaste el aire. Antes de darme cuenta habías convertido en hogar una casa, y antes de darme cuenta no quería que salieses jamás. Adoraba tus visitas, sin darme cuenta me fui acomodando a tu presencia, cada vez más agradable. Entraste sin decir nada, como no queriendo molestar y sin saber cuanto tiempo te iba a permitir quedarte, y poco a poco demostraste tu valía.
Nunca te agradeceré suficiente que trajeses aire luz y calor al destartalado hogar que era mi alma. Jamás, por mucho que haga, podré compensar que me despertases del letargo en el que me había sumido. Y por mucho que lo intente no llegaré a tu altura, tu, que me lo diste todo sin pedir nada. Esto apenas son palabras, quizás porque mis gestos no bastan, y hay cosas que no deseo olvidar.
Te dejé entrar entreabriendo la puerta, como quien acepta una visita a regañadientes y ni se digna a recoger el salón. Te ofrecí sentarte y tu lo llenaste todo de luz, te invité a comer y trajiste calor al frío, te pedí que te quedases y limpiaste el aire. Antes de darme cuenta habías convertido en hogar una casa, y antes de darme cuenta no quería que salieses jamás. Adoraba tus visitas, sin darme cuenta me fui acomodando a tu presencia, cada vez más agradable. Entraste sin decir nada, como no queriendo molestar y sin saber cuanto tiempo te iba a permitir quedarte, y poco a poco demostraste tu valía.
Nunca te agradeceré suficiente que trajeses aire luz y calor al destartalado hogar que era mi alma. Jamás, por mucho que haga, podré compensar que me despertases del letargo en el que me había sumido. Y por mucho que lo intente no llegaré a tu altura, tu, que me lo diste todo sin pedir nada. Esto apenas son palabras, quizás porque mis gestos no bastan, y hay cosas que no deseo olvidar.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)