Solo podía oír el sonido de su propia respiración, la misma que siempre había estado ahí, y entonces fue consciente de que volvía a ser como siempre, de que nunca había dejado de serlo. Se dio cuenta de que mientras el mundo cambiaba a su alrededor él no lo hacía, seguía siendo estúpido, seguía teniendo estúpidos temores, seguía teniendo estúpidas inseguridades. Nada había cambiado, y seguía detestándose a si mismo, seguía odiando con todas sus fuerzas todo cuanto le hacía ser él, se odiaba por odiarse, y se odiaba por ello. Odiaba su lastimera forma de pensar, odiaba sus quejas, odiaba sus miedos, odiaba su derrotismo, odiaba sus debilidades y odiaba no ser capaz de cambiar. Y todo eso le hacía odiarse.
Ahí seguía, solo con su respiración, la que le recordaba que estaba vivo, la que le mantenía inmutable. No derramó una lágrima, no era merecedero de que nadie llorase por él, ni tan siquiera él mismo. Se arropó, buscando un calor que no encontraría, huyendo de un frío que venía de la profundidad de su ser, de la tristeza en la que buceaba, sumergiéndose cada vez más.
Sabía que solo él podía salvarse, tenía que escapar de las tinieblas por su propio pie, pero en su lugar dejaba que la lástima y las sombras lamiesen sus heridas, recreándose en la dulzura de la autocompasión.
Sabía que antes o después tendría que salir, y que su estancia allí dentro le pasaría factura, pero eso sería otro día. Ya se preocuparía de ello cuando le tocase, de momento se acomodó y sintió el tiempo pasar.
Gracias por leer y hasta que el viento os traiga de vuelta.