Apagó el cigarrillo y se dirigió a la ventana para acabar encendiéndolo de nuevo según llegó a ella. Echó un rápido vistazo al exterior, esperando encontrar algo fuera de lo normal, algo diferente a como suponía que sería, con el fin de que ese minúsculo cambio le diese la inspiración que le faltaba.
Sobre el escritorio se encontraba su obra, llamarlo arte sería demasiado presuntuoso, o al menos eso pensaba él, en contraposición de la opinión de fans y seguidores que aguardaban que la saga continuase.
Y aquello era lo que más le torturaba, y es que los personajes que antes habían estado vivos en su interior, que le habían contado sus aventuras y hazañas ya no estaban allí. Antaño él solo tenía que narrar lo que les sucedía, la propia historia se desarrollaba sola, pero las exigencias de los editores y las restricciones de contratos le habían obligado a avanzar la historia de modo distinto al que él habría elegido.
Había firmado contratos alegremente para poder escribir despreocupadamente y poder seguir comiendo día a día, pero cuando sis libros se hicieron populares los editores se agarraron a los contratos para forzarle a hacer giros de trama que hiciesen felices a sus lectores. O al menos a la mayoría de ellos, pues por lo que tenía entendido, sus primeros lectores decían que la saga había perdido fuerza, "elegancia" con la tan usada frase de "tú antes molabas".
No podía negárselo. Desde que tomase ciertas decisiones la trama había dejado de generarse sola, la historia no avanzaba por su propio pie, y él debía forzarla. Era como tirar del perro que antes te acompañaba o corría ante ti.
Se volvió hacia el escritorio, apoyó los brazos en él y se dejó caer. Se había vendido, y aún peor, había vendido a sus personajes, a esas vida que habían brotado en su mente, con los que tanto había disfrutado, con los que había reído y llorado, con los que había sufrido cuando la historia solicitaba un momento dramática, o alguna muerte. Había accedido a dejar ir a algunos a los que realmente había apreciado, todo porque la historia lo necesitaba, le había empujado a ello. Pero en cierto momento dejó de lado todo aquello, prefirió mantener un contrato.
Se negó, se sentó ante la mesa, y por primera vez en mucho tiempo escribió lo que la trama le pedía, tuvo que morir uno de los personajes principales, pero era necesario. Los editores se volverían locos, posiblemente muchos lectores se molestasen, pero se sintió bien, pues la historia volvió a la vida en su interior.
Sonrió.
Y siguió escribiendo, línea tras línea, página tras página. No le importaba perder los contratos, no le importaba dejar de ser un best seller, se alegró de que fuese a dejar de ser una lectura fácil. Si quedaban lectores que apreciaban lo que escribía perfecto, si no también. Volvía a escribir por placer.
Una lágrima, silenciosa y sutil recorrió su mejilla cuando volvió a sentir la calidez de las vidas de sus personajes en su interior, cuando los sintió saludarle y darle la bienvenida de nuevo. Ellos jamás se habían ido, simplemente él había dejado de escucharlos.
Gracias por leer, y hasta que el viento os traiga de vuelta.